Dios, Estado y Escuela Pública

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    10 de Abril de 2026

Hay una España que creíamos haber dejado atrás. Una España de crucifijos en los despachos oficiales, de procesiones bendecidas por alcaldes en horario laboral, de niñas y niños sentados en aulas públicas recibiendo catequesis disfrazada de asignatura. Una España que no murió, que simplemente esperó.

Y aquí está. De vuelta. O quizás nunca se fue del todo.

Cuando las bases americanas vuelven a ser noticia y los titulares celebran la alianza atlántica, no puedo evitar recordar aquella fotografía de Franco con Eisenhower en 1953. Bienvenidos, americanos. El mismo guión, distinto decorado. Porque para recibir con los brazos abiertos a quienes nos traen poder militar y económico, este país ha sabido siempre cuál es el precio: mirar hacia otro lado ante las propias contradicciones.

Y las contradicciones son enormes.

Un Estado constitucionalmente aconfesional que financia con dinero público —dinero de todas, de todos— una religión concreta en la escuela común. 

Cargos electos y funcionarios pagados con fondos colectivos que asisten en representación institucional a actos religiosos, que portan varas en cofradías, que besan imágenes mientras deberían representar a la ciudadanía laica tanto como a la creyente.

Eso no es tradición cultural. Eso es nacional catolicismo con traje de sport.

Las mujeres lo sabemos especialmente bien. Porque el modelo que se reproduce en esas aulas y en esos balcones adornados con palios no es neutro: es un modelo que históricamente nos ha situado en el silencio, en la obediencia, en el margen. Cada vez que el Estado se arrodilla ante el altar, nos arrodilla a nosotras también.

Una escuela pública laica no es una escuela atea. Es una escuela libre. Y un cargo público que representa a todos no puede representar solo la fe de algunos.

Exigirlo no es anticlericalismo. Es democracia básica. Porque mientras seguimos debatiendo si la religión merece nota en el boletín, hay generaciones aprendiendo que el Estado tiene preferencias divinas. Y eso, en 2026, sigue siendo una herida abierta en el cuerpo de este país. 

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